El 28 de junio del año pasado, los argentinos nos levantábamos para concurrir a las urnas, mientras que en Honduras el presidente constitucional Manuel Zelaya, era derrocado por un golpe cívico-militar que no aceptaba la idea del mandatario democráticamente elegido de llamara a una consulta popular no vinculante que se iniciaba ese día sobre la posibilidad de que el mandatario se pudiera presentar a un nuevo mandato al frente del Ejecutivo local.
Al contrario de lo que pasó en marzo del 2002 cuando en Venezuela militares opositores al chavismo sacaron al presidente Hugo Chávez del poder y Estados Unidos y España se dieron prisa en aplaudir a los golpistas y saludarlos y efectivizarlos como nuevo gobierno, en este caso, el gobierno de Obama, la Comunidad europea y todos los países latinoamericanos, repudiaron en conjunto a los militares hondureños y exigieron el inmediato restablecimiento de la constitucionalidad y la devolución del poder a Manuel Zelaya.
A pesar del rechazo generalizado que tuvo el golpe a nivel mundial y del aislamiento internacional en el que fue sumergido el país caribeño luego de la asonada golpista, la comunidad mundial no pudo que el entonces gobierno del empresario Roberto Micheletti no aceptó que Zelaya retornara al poder y aseguró a los cuatro que su gobierno no era una dictadura, ya que en Honduras lo único que se hizo es cumplir con la constitución y no permitir que Zelaya continuara con un plebiscito que no era apoyado por el Poder Legislativo y que la justicia del país había declarado abiertamente inconstitucional.
Lo que vivió Honduras por más de seis meses, ya lo vivió en épocas anteriores cuando en toda la región afloraban los regímenes militares dictatoriales y represivos; pero la situación que se vive hoy en día en momentos en que la democracia es apreciada por todos los habitantes de nuestro suelo y las dictaduras parecían un mal recuerdo del pasado que no tiene sustento en el presente.
Los militares hondureños nunca soportaron que Zelaya haya introducido al país en el ALBA (Alternativa Bolivariana de las Américas) que impulsa Hugo Chávez, ya que adjudicaron que esta medida era de mero corte populista y que nada tenía que ver con los intereses históricos del país, y junto al poder económico local, de amplia alianza con el poder militar a lo largo de la historia hondureña, esperaron el momento oportuno para sacar del poder por la fuerza a Zelaya y no a través de las urnas como se hace en cualquier país democrático.
En medio del rechazo regional y mundial, el régimen de facto realizó las elecciones presidenciales en noviembre pasado, ganándolas el liberal Porfirio Lobo, pero esa supuesta normalización de la vida constitucional en Honduras, ha servido para que los países de la región levanten las sanciones para el país caribeño.
La palabra democracia significa “gobierno del pueblo". Una democracia es un sistema en el cual el pueblo puede cambiar sus gobernantes de una manera pacífica y al gobierno se le concede el derecho a gobernar porque así lo quiere el pueblo. Todo esto no ha sucedido en Honduras, donde una pequeña elite de militares y políticos se arroga el derecho de defender los intereses del pueblo sin preguntarles a través de elecciones libres y soberanas qué es lo que quiere.
Estos hechos acaecidos en Honduras nos llevan a valorar más que nunca el sistema democrático y a criticar con todas las fuerzas a las dictaduras que creen representar al pueblo cuando sólo representan a sus propios y mezquinos intereses particulares.
Los argentinos a lo largo de la historia hemos vivido dictaduras sangrientas y feroces, la peor de ellas la acaecida de 1976 a 1983, que dejó el triste saldo de 30.000 compatriotas desaparecidos y un país destruido desde lo social, político y económico, que aún hoy en día cuesta sacarlo adelante. Por eso, se hace imprescindible que la Argentina y toda la región salga en respaldo del gobierno constitucional de Manuel Zelaya y defienda el orden democrático, para que las ideas autoritarias no se vuelvan a propagar por el continente como en décadas anteriores.
La votación es uno de los mecanismos que guía a un Estado democrático, ayuda a mantener a sus líderes en el camino adecuado y permite conocer que conozcan la forma en que se han desempeñado. Durante las elecciones, los ciudadanos votan por los candidatos de su preferencia. Los candidatos o representantes elegidos se convierten en el gobierno del país.
La defensa de la constitucionalidad por sobre todas las cosas, es una de las enseñanzas fundamentales del caso Honduras, que sirven para que en el país no se vuelvan a repetir los errores del pasado y se pueda mirar al futuro lleno de esperanza y optimismo.
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