
“Gatillo fácil, señor del miedo
que lleva un nazi a flor de dedo.
Gatillo fácil, patada y grito,
ser joven casi es un delito. “
Fragmento de la canción “Gatillo fácil”, de Ignacio Copani
Los argentinos nunca paramos de asombrarnos y de acostumbrarnos a hechos terribles con una total naturalidad, que sorprende a cualquiera que lo ve desde el extranjero, pero para el argentino medio termina siendo común.
Dentro de estos temas terribles que se hacen naturales, sin duda está el del denominado “Gatillo fácil”, que conlleva además el gradual crecimiento de la impunidad policial para aquellos efectivos de las fuerzas de seguridad involucrados en estos hechos. Estos casos suelen alcanzar relevancia mediática ya que se suele tratar de casos en los que se violan los derechos humanos mínimos, donde el uso de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad es injustificable.
Como bien se deja en claro desde los organismos defensores de los derechos humanos, la interpretación literal de la expresión “gatillo fácil” suele confundir al común de las personas, haciendo creer que se engloba bajo este término sólo las muertes provocadas por armas de fuego. En realidad, las organizaciones de DDHH comprenden en la expresión a toda muerte o daño grave provocado por un uniformado en forma ilegal, se utilice en el mismo armas de fuego o no.
Desde el regreso de la democracia en 1983 y hasta hoy en día, según se informa periódicamente desde la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI), hasta diciembre del 2008 las víctimas del gatillo fácil sumaban 2,560, pero estiman que con la cantidad de caídos por estos hechos, llegan a alrededor de 3.000.
En las últimas semanas ha saltado a la tapa de la mayor parte de los medios de comunicación, el caso de Rubén Carballo, el joven que falleció tras una brutal represión policial en el concierto de "Viejas Locas" realizado en el mes de noviembre en el estadio Vélez Sarsfield. Este hecho volvió a poner en escena el terrible drama del gatillo fácil, ya que las familias se encuentran prácticamente desamparadas de la Justicia
Ya suenan familiares los nombres de Walter Bulacio, Roberto Hernán Cedale, Andrea Viera, Claudio “Pocho” Lepratti, Damián Barzabal, Darío Santillán, Maximiliano Kosteki, Luciano Arruga, Miguel Brú, Jorge Julio López, todos los muertos del 19 y 20 de diciembre del 2001, Javier Rojas Pérez, Rodrigo Corzo, Diego Lucena, Walter Coronel, Sonia Colman, Lucas Cardozo, Mabel Guerra, Héctor Coria, Rubén Darío Galarza, Carlos Avalos, Sergio Guzmán, Sebastián Bordón, Agustín Antonio Olivera, Roberto Antonio Argañaraz, entre tantos otros nombres que completan una lista interminable de víctimas del gatillo fácil.
Desde la CORREPI se viene llevando adelante un inmenso trabajo para que estas víctimas no queden impunes, y señalan que desde que el gobierno de los Kirchner asumió el poder en mayo del 2003, las víctimas del gatillo fácil, la tortura, la muerte y los apremios ilegales por parte de efectivos de las fuerzas de seguridad, se han matado a más de 1.300 personas, lo que marca el alto marco de impunidad que desde el Ejecutivo nacional se les da a los ejecutores de estos crímenes.
El informe que presenta todos los años la CORREPI para alertar sobre este tema, dejó en el 2008 datos alarmantes, como por ejemplo que el 64% de las muertes las producen el conjunto de las policías provinciales, el 19% los servicios penitenciarios y el 9 por la policía federal. Según el informe, en la Argentina muere día por medio una persona producto del gatillo fácil, la tortura, en cárceles y comisarías, y la represión en movilizaciones, a razón de 16 muertes por mes. Esto, durante los gobiernos del matrimonio Kirchner, lo que hace que sea una cifra que supera a las de todos los gobierno democráticos desde 1983.
En todos estos casos que detallamos anteriormente, hay algo que los une, y es que la mayoría de ellos son jóvenes de 15 a 30 años, provenientes de la clase media, media baja y baja, que usan aros, pelo largo, se visten como cualquier chico de su edad, y que la mayor parte de las veces son víctimas de un accionar policial que busca en los barrios marginales la mano de obra barata para la comisión de delitos.
Tal como detalla Gabriel Sarfati en su ensayo llamado “Un discurso para el gatillo fácil”, señala con claridad que “la pena de muerte extrajudicial aplicada por verdugo de uniforme, tal es el nombre formal del gatillo fácil, tiene una función distinta que la represión dictatorial. Se trata de efectuar una represión preventiva e indiscriminada contra los opositores potenciales, léase los sectores marginados por el nuevo modelo”.
En otra parte de su escrito, Sarfati asegura que “la represión preventiva está destinada a un control social más que al castigo de faltas o infracciones a la ley, y para ello el Estado moderno faculta a la policía y a otras agencias de seguridad. Los nuevos enemigos para el imaginario policial pasarían a ser el grupo de jóvenes desocupados, morochos y de pelo largo que abundan principalmente en las periferias urbanas, o simplemente los pobres y miserables”.
A pesar de todo lo dicho con anterioridad y el aumento del gatillo fácil y la impunidad policial, en los últimos meses hemos acudido como sociedad a los pedidos de un sector de la misma de una mayor mano dura para los jóvenes que delinquen, pidiendo a los gritos la baja en la edad de imputabilidad y la construcción de cárceles para menores. Estos sectores reaccionarios que parecen vivir en un país diferente, donde la miseria, el hambre, la exclusión social y la marginación no existen ante sus ojos, salen a pedir “bala” y mano dura para los chicos, sin caer en cuenta que sin un cambio profundo como sociedad, esto será un tema difícil de solucionar.
Si quienes son los dueños de la droga, de la prostitución, del juego ilegal, del contrabando, el secuestro, el robo, la vida y la muerte, etc, tienen amplios lazos con las fuerzas de seguridad y los políticos de diferentes partidos, el mismo será algo que no tiene una solución inmediata, y menos si se quiere solucionar el mismo con mayor mano dura.
Mientras en el país se continúe atacando las consecuencias de años de decadencia, en vez de las causas de las mismas, la Argentina parece no tener un futuro cargado de certidumbre y confiabilidad. Si desde la Justicia y el poder político, se fomenta la impunidad para los que cometen delitos de gatillo fácil en las fuerzas de seguridad, el mismo seguirá creciendo, ya que ante la inmunidad que se les da desde el poder, los violentos ganan terreno y la sociedad vive sumergida en el miedo, la injusticia y la desesperanza.
La mayoría de estos casos tiene un denominador en común, que es la falta de respuestas que suelen tener los familiares de las víctimas de la Justicia y el poder político, que más allá de algunas declaraciones de paso ante los medios de comunicación, no hacen nada para cambiar de cuajo esta situación, sino que dejan hacer a sus fuerzas de seguridad, con el consabido resultado que hemos detallado.
El Gatillo fácil es una muestra más de la barbarie en la que están inmersas las fuerzas de seguridad en la Argentina , que todavía no se han podido sacar de encima a la mano de obra residual de la última dictadura militar, donde muchos de quienes actuaron en la época más nefasta de nuestra historia, siguen prestando servicio tal como si nada hubiera pasado o hecho en los años más negros de la Argentina.
Un tema lamentable que hace reflexionar a la sociedad entera sobre la necesidad imperiosa de que se produzcan cambios drásticos en el accionar de las fuerzas de seguridad, para que hechos del gatillo fácil y de impunidad policial no sigan existiendo, para que de esa manera la sociedad comience a transitar un camino de paz y armonía, que por estos días se encuentra totalmente ausentes.
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