Actualizado: Sábado, 22 noviembre 2014
20:20Hs.
La Plata
Echarle la culpa al otro, un karma bien nacional
Desde el comienzo de la Argentina como Nación, ha sido una característica inalienable de la clase dirigente, echarle la culpa de lo que anda mal al que estuvo antes en el poder. Motivos que llevan a este accionar de la política nacional, y por qué es más fácil hacer estas acciones que rever las acciones que uno mismo lleva adelante
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La Argentina de unos años a esta parte, sobre todo después del descontrol y el hundimiento que significó la década del ’90, se ha convertido en un país donde no se debaten ideas y propuestas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, sino que se basa en quién dice el insulto más fuerte y agraviante hacia el oponente circunstancial.

 

Las ideas parecen haber quedado afuera del discurso político, que como nunca antes en nuestro país se ha convertido en un discurso vacío de contenido. Esta situación ha llevado a que la palabra de los políticos haya perdido el consenso y el respeto de la sociedad, y se los catalogue a todos por igual, sin diferenciar a uno de otro.

 

La incapacidad de ver a su alrededor que llevó al gobierno nacional a chocar contra un paredón una y mil veces en el conflicto con el sector agropecuario, parece estar esta vez repitiéndose en las medidas que lleva adelante para impedir la profundización de la crisis financiera en nuestro país. En vez de mostrar una apertura de criterio y estar abierto a todas las ideas nuevas que sirvan para solucionar tan complicado panorama que se le presenta a la Argentina , el oficialismo se encierra en cuatro paredes, escuchando el matrimonio presidencial, en especial el santacruceño, sólo la voz de su conciencia y la de algún que otro colaborador cercano.

 

En las últimas décadas hemos visto crecer a un fenómeno que cada día se profundiza más entre la clase dirigente de nuestro país, como es el de echarle la culpa al otro de lo que está sucediendo en nuestros días, sin que ninguno de ellos se ponga a pensar en medidas serias y concretas que tiendan a disminuir este fenómeno en ciernes.

 

Desde la llegada al poder por parte de Juan Domingo Perón hasta llegada la última dictadura militar, se asistió en nuestro país a una pelea “a muerte” entre el peronismo y el antiperonismo, donde cada uno de ellos se echaba la culpa de los males de nuestro país, sin que se pudieran instrumentar medidas que sirvieran para sacar a la Argentina del hundimiento político, social y económico en el que se ha sumergido del ’55 a nuestros días.

 

Desde el regreso de la democracia a hoy, para los gobernantes la culpa siempre fue del otro que estuvo anteriormente en el poder, por lo que de esa manera nadie se hace responsable por lo que hace o sucede en el país. Es así que hemos asistido a que durante el gobierno radical de Raúl Alfonsín le echaba la culpa a los gobiernos anteriores que sumergieron a la Argentina en la ruina, tanto militares como democráticos.

 

Luego vino Carlos Menem, que aprovechó la situación social del país para introducir un régimen de políticas neoliberales que estallaron en el 2001, y que usufructuaba cada ocasión para echarle la culpa de los males nacionales al legado alfonsinista de la hiperinflación y el caos social, para introducir el miedo en la población de que si él no seguía en el poder, todos estos males del pasado reciente iban a regresar y llevar a la Argentina al precipicio.

 

Después del menemismo, vino la Alianza entre el radicalismo y el Frepaso, que depositó en el poder a Fernando de la Rúa , quien durante sus dos años y pocos días de mandato, mostró su incapacidad para gobernar, pero eso no le impidió argumentar que su falta de acción se la debía a los errores del pasado menemista.

 

Luego de la debacle económica y social sufrida en diciembre de 2001, llegó el turno de gobernar al caudillo bonaerense Eduardo Duhalde, quien también durante su gestión no se privó de este mal argentino de echarle la culpa de los males a otros, y aprovechó la ocasión para acusar a la Alianza y sus acciones de todos los males del país, olvidándose que él fue partícipe de los ’90 cuando gobernó la provincia de Buenos Aires.

 

Finalmente llegó el kirchnerismo, que desde su asunción en mayo del 2003, ha culpado a la década del ’90 de todos los males que vive la Argentina de hoy, sin recordar que durante esos años Néstor Kirchner gobernaba la provincias de Santa Cruz, desde donde llegó a decir que Carlos Menem era el “mejor presidente de la historia argentina”, para pasar luego a culpar a esa misma persona de todos los males nacionales.

 

Pero esto es algo que no sólo se da en el ámbito político, sino que también se vive en otros espacios de la vida nacional, tal es el caso por ejemplo del deporte, donde es costumbre ver por ejemplo en el fútbol cambiar directores técnicos por los magros resultados futbolísticos obtenidos, sin que los dirigentes que contrataron a ese director técnico o los jugadores que llevaron a conseguir esos resultados, hagan un mea culpa y se cuestionen su accionar, sino que es más fácil echarle la culpa al que estaba antes y a partir de ahí mirar hacia delante sin rever sus propios actos.

 

El deterioro de la calidad discursiva de la clase dirigente, ha llevado a que ya no se presenten plataformas electorales como sucedía antaño, sino que ahora como plataforma se dan a conocer a conocer una serie de puntos que nada tienen que ver con proposiciones para sacar al país adelante, sino sólo ambigüedades que sólo sirven para continuar desacreditando a la política ante los ojos de la sociedad y por ende, la malformación de la clase dirigencial que lleva aparejado la débil capacidad de compromiso para con la cosa pública.

 

En décadas pasadas, cuando la política era reconocida por la población como el arte de dar solución a los problemas de la gente, las plataformas electorales consistían en libros grandes con ideas de cómo hacer las cosas, cómo se harían, en qué tiempo se desarrollarían y de dónde se sacaría el dinero para solventar las mismas. Hoy son 3 ó 4 hojitas sin contenido, donde sólo se explican vaguedades e ideas generales, pero ningún partido político, tanto del oficialismo como de la oposición, explican de donde se sacarán los fondos, en que consistirían las mismas y cómo se harán lo que ellos dicen defender.

 

La clase dirigente suele decir que la política se ha divorciado de la sociedad, pero todavía no se ha hecho un mea culpa que sirva para devolver la confianza en la política, sino que por el contrario, lo que se hace es echarle la culpa a los gobiernos anteriores como los responsables del alejamiento de la sociedad con sus dirigentes.

 

Si se sigue con esta metodología, va ser poco probable que se pueda evidenciar una reconciliación entre la sociedad y la clase dirigente, cuyo divorcio es cada vez más evidente y la clase política en vez de aprender de los errores del pasado, lo único que hace es seguir empecinada en repetir una y otra vez los mismos errores que llevaron a que la Argentina viva esta situación de ingobernabilidad que se palpa hoy en día.

 

 

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