22/10/2010 - 06:13hs.
La burocracia sindical y el poder en Argentina
El asesinato de Mariano Ferreyra por parte de patotas ligadas a lo peor del gremialismo argentino, trajo al centro de la escena el poder de la burocracia sindical en las decisiones de Estado en el país. Historia del aburguesamiento del sindicalismo argentino que ha llevado al descreimiento de la sociedad en la actividad gremial
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El sindicalismo en Argentina no pasa por su mejor momento, y sacando honradas excepciones, sus dirigentes son los que mayor repudio generan en una sociedad donde la violencia y el patoterismo son rechazados con energía.

 

La muerte de Mariano Ferreyra el pasado miércoles en Barracas, en manos de miembros de una patota sindical ligada a la Unión ferroviaria, que dirige José Pedraza, abrió nuevamente la polémica en la sociedad argentina sobre el poder que tienen los sindicalistas para hacer y deshacer a su antojo sobre la realidad diaria del país.

 

Desde las épocas en que Juan Domingo Perón incorporó al sindicalismo a las esferas estatales y como una pata esencial en su movimiento político, que la Argentina no ha dejado de sufrir distinta clase de embates por parte de quienes afincados desde la cima de los sindicatos, buscan destacarse sobre el otro en base a hechos que en nada rozan a la ética y los buenos modales.

 

La caída de Perón en 1955 y la llegada del antiperonismo, trajo aparejado que el partido peronista desapareciera como tal, y la actividad sindical, al estar legalizada por los regímenes de facto, fueron el artífice de la resistencia hacia los sucesivos gobiernos que tenían como consigna proscribir al partido que fundara Juan Perón en los ’40.

 

Durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, los sindicatos ligados al régimen, comandados por el líder metalúrgico Agustín Timoteo Vandor, tuvieron una de las prebendas mayores conseguidas desde el Estado, como lo fue el manejo de la caja de las obras sociales, con lo cual pudieron tener gran apoyo económico para mantener “a raya” a la juventud de la época, que se veía representada en la actividad de los grupos guerrilleros de esos años.

 

Ya con Alejandro Agustín Lanusse en el poder, lograron a principios de la convulsionada década del ’70, la creación del PAMI, obra social estatal a la cual derivaron la cápita de más alto riesgo y de tratamiento más caro, los jubilados.

 

La dictadura genocida que encabezaron Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti, prohibieron todo tipo de organización sindical, y la que funcionó actuó de manera clandestina, teniendo como fondo las huelgas que comenzaron en 1981 y que terminó con el gran paro del 30 de marzo de 1982 en contra de la política económica del régimen terrorista.

 

La llegada de la democracia trajo aparejado que los sindicatos volvieran a tener un peso preponderante en la política nacional, sobre todo en el peronismo, y durante el gobierno de Alfonsín le hicieron 13 paros generales, que resquebrajó el frente social interno del radicalismo y llevó a que la política económica y social del mismo naufragara.

 

Pero la naciente democracia argentina, también vio surgir el enorme problema de la eternización de los dirigentes sindicales a sus cargos, que además introdujeron innumerables cláusulas para la presentación de listas alternativas para la elección de cargos, con lo cual la burocratización creció, y la imposibilidad de conseguir la renovación en los cargos se hizo complicada, ganando las elecciones los mismos de siempre, con las consecuentes pérdidas en las condiciones laborales que eso representa.

 

El lugar donde mayormente está dado esta brutal burocratización sindical, es la Confederación General del Trabajo (CGT), que con sus postulados históricos, ha tendido poco al recambio generacional de su dirigencia y ha hecho que la sociedad se fuera distanciando poco a poco del sindicalismo, siendo hoy en día los dirigentes gremiales los que peor consideración tienen por parte de los ciudadanos.

 

Con la llegada del menemismo, el poder de los sindicatos se vio reducido por el plan neoliberal implementado por el riojano, pero a la vez sirvió para que naciera un nuevo modelo de sindicalista en el país, el sindicalista empresario, que dejó de lado las viejas reivindicaciones obreras, para pasar a formar parte de la elite gobernante, sin atender en lo más mínimo los intereses de quienes dicen representar, como son los trabajadores.

 

La irrupción del menemismo trajo aparejado además el surgimiento de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos), con lo que la CGT perdió el monopolio sindical al que estuvo acostumbrado por más de medio siglo, y la lucha de celos y egos entre los dirigentes no se hizo esperar, desatando una guerra silenciosa que parece haberla ganado la CTA ya que cada día está más cerca la libertad sindical en la República Argentina.

 

Por estos días, la CGT moyanista pasa por una de sus peores etapas en su relación con la sociedad, con dirigentes que no son confiables para la enorme mayoría de la población, y que hechos como el de Mariano Ferreyra, no hacen más que dejar en claro que de no surgir una movida de renovación en los métodos, la central obrera más grande del país va directo al vacío.

 

Con gran lazo sobre el gobierno nacional, la burocracia sindical, mezcla todos ellos de los grupos moyanistas y de los “Gordos”, el sindicalismo argentino no hace más que romper cualquier posibilidad de alianza con los sectores medios e independientes de la sociedad, que hace mucho dejaron de creer en ellos, y se envalentonan cada día más hacia ser parte de un modelo político alejado de los trabajadores, que paulatinamente comienzan a darle la espalda y piensan en nuevos métodos de organización para combatir el régimen imperante.

 

 

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